domingo, 28 de octubre de 2012

Blanca, radiante... y exclusiva


Lourdes ya tiene el vestido. Para ser más exactos lo ha elegido. Y ha pagado un adelanto. Tenía cita, como cuando vas al médico o al tarotista. La esperaban el personal de la tienda con una botella de cava y una sonrisa. Bueno tres sonrisas. Una de ellas, la de la dependienta, o shopping assistent, ayudaba a Lourdes a ponerse y quitarse vestidos mientras su madre y hermana esperaban a dar su opinión. La madre y hermana de Lourdes, se entiende. Es como cando acompañas a tu chica al Bershka pero en lugar de esperarla tú, con tu cara de panoli, en la entrada de los probadores sujetando un bonito bolso de Desigual lo hacen su madre y hermana. Pero ellas sin cara de panoli, ellas entienden el proceso.

A Lourdes le encanta su vestido, me pregunta como me lo imagino y trato de tirar de archivo fotográfico para dar una visión amplia y lo más genérica posible, con la infructuosa intención de no decir barbaidades estilisticas. Error mayúsculo. Existen tantas variables en el asunto del vestido que siempre la termino cagando. Y no vale usar palabrejas como fruncido, tul, demodé, vintage, y cosas así, porque Lourdes siempre me acaba pillando y se da cuenta que no tengo ni la más remota idea de como es su elección. Utiliza unas sorprendentes dotes detectivescas con el más absurdo de los fines: averiguar mis inquietudes por no saber como es el vestido que ella ha elegido y que no podré ver hasta el día de la boda. Y quedan ocho meses.

Lourdes me pregunta de vez en cuando por mi traje. El que llevaré EL DÍA. Tiene curiosidad por saber como será, ¿o será inquietud?, con una estrategia de sutilidad similar a la de un tractor de mil novecientos treinta me hace ver sus preferencias. Pero me estoy manteniendo firme. Aunque, como siempre, ella gana: se descarta la pajarita, el blanco y llevar ropa de debajo previamente estrenada.

Pero volviendo al tema central, es decir ella, me llamó mucho la atención un detalle que me contó mientras comíamos una ensalada. El vestido que ha comprado, o encargado, no será adquirido por ninguna novia en los lugares donde se llevará a cabo el evento. Ni en Lucena ni en Aguilar de la Frontera chavala alguna podrá comprar el mismo vestido. Ni ese día ni nunca. Son las cosas de las novias, a las que no les debe hacer mucha gracia eso de coincidir, no ya el mismo día sino en la vida en general, con otra sufrida futura esposa. Es como si dos saltarinas quinceañeras en la Disco, a ritmo de Shakira, descubren con disgusto y griterío que la vecina de contoneos y morritos "a lo tuenti" lleva la misma camiseta del Stradivarius. Se monta un lío que ni los marines USA son capaces de sofocar.

Así pues, Lourdes and I vamos dando pasitos hacia ese día en que una radiante novia, con su espectacular vestido exclusivo, dirá un sí a una pregunta concreta y por la que aún está flipando este bloggerillo atontao y feliz.

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