Lourdes ya tiene el vestido. Para
ser más exactos lo ha elegido. Y ha pagado un adelanto. Tenía cita,
como cuando vas al médico o al tarotista. La esperaban el personal
de la tienda con una botella de cava y una sonrisa. Bueno tres
sonrisas. Una de ellas, la de la dependienta, o shopping assistent,
ayudaba a Lourdes a ponerse y quitarse vestidos mientras su madre y
hermana esperaban a dar su opinión. La madre y hermana de Lourdes,
se entiende. Es como cando acompañas a tu chica al Bershka pero en
lugar de esperarla tú, con tu cara de panoli, en la entrada de los
probadores sujetando un bonito bolso de Desigual lo hacen su madre y
hermana. Pero ellas sin cara de panoli, ellas entienden el proceso.
A Lourdes le encanta su vestido, me
pregunta como me lo imagino y trato de tirar de archivo fotográfico
para dar una visión amplia y lo más genérica posible, con la infructuosa intención de no decir barbaidades estilisticas. Error mayúsculo. Existen
tantas variables en el asunto del vestido que siempre la termino
cagando. Y no vale usar palabrejas como fruncido, tul, demodé,
vintage, y cosas así, porque Lourdes siempre me acaba pillando y se da cuenta que no tengo ni la más remota idea de como es su elección.
Utiliza unas sorprendentes dotes detectivescas con el más absurdo de
los fines: averiguar mis inquietudes por no saber como es el vestido
que ella ha elegido y que no podré ver hasta el día de la boda. Y
quedan ocho meses.
Lourdes me pregunta de vez en cuando
por mi traje. El que llevaré EL DÍA. Tiene curiosidad por saber
como será, ¿o será inquietud?, con una estrategia de sutilidad
similar a la de un tractor de mil novecientos treinta me hace ver sus
preferencias. Pero me estoy manteniendo firme. Aunque, como siempre,
ella gana: se descarta la pajarita, el blanco y llevar ropa de debajo
previamente estrenada.
Pero volviendo al tema central, es
decir ella, me llamó mucho la atención un detalle que me contó mientras
comíamos una ensalada. El vestido que ha comprado, o
encargado, no será adquirido por ninguna novia en los lugares donde
se llevará a cabo el evento. Ni
en Lucena ni en Aguilar de la Frontera chavala alguna podrá comprar
el mismo vestido. Ni ese día ni nunca. Son las cosas de las novias,
a las que no les debe hacer mucha gracia eso de coincidir, no ya el
mismo día sino en la vida en general, con otra sufrida futura
esposa. Es como si dos saltarinas quinceañeras en la Disco, a ritmo de Shakira, descubren con disgusto y griterío que la vecina de contoneos y morritos "a lo tuenti" lleva la misma camiseta del Stradivarius. Se monta un lío que ni los marines USA son capaces de sofocar.
Así pues, Lourdes and I vamos dando
pasitos hacia ese día en que una radiante novia, con su espectacular
vestido exclusivo, dirá un sí a una pregunta concreta y por la que
aún está flipando este bloggerillo atontao y feliz.